ESTRATEGIA DE CONSTRUCCIÓN DEL ENEMIGO ESPAÑOL


El expresident de la Generalitat, Artur Mas en el Tribunal Supremo.

"Memorial de agravios: Cataluña es una nación discriminada que no puede desarrollar libremente su potencial cultural y económico. Descubrimiento, constatación, ponderación y divulgación de los hechos discriminatorios, carencias, etcétera, de forma clara, contundente y sistemática. Remarcando la incidencia negativa que esto tiene para el conjunto del pueblo catalán y para cada uno de sus ciudadanos". Este entrecomillado no corresponde a los últimos años, cuando se puso en marcha oficialmente el procés independentista en Cataluña. Es de 1990, cuando el Gobierno de la Generalitat, presidido por Jordi Pujol, encargó a un grupo de intelectuales catalanes un documento titulado La estrategia de la catalanización, que fue presentado ese otoño.

Ese texto, de 20 folios divididos en nueve apartados, supuso el inicio de la creación de un relato del independentismo que sitúa a España como eje de todos los males para los catalanes. Ahí comenzó la construcción de un enemigo de Cataluña. Primero fue "España no nos entiende"; más tarde, "España nos roba"; luego se pasó a "España nos oprime"; y desde el día del referéndum ilegal del 1 de octubre "España nos agrede". Una estrategia clásica en la política y en la guerra de crear un enemigo tan inhumano que solo se puede responder con la destrucción. O ellos o nosotros.

27 años después de presentarse aquel documento, el independentismo ha conseguido movilizar los votos de más de un 40% de los catalanes que fueron a las urnas en las pasadas elecciones autonómicas y de dos millones de ciudadanos que votaron sí a la creación de una república catalana en el referéndum ilegal del pasado 1 de octubre. Unas cifras nada despreciables.

Aunque el referéndum fue a todas luces ilegal, sin garantías democráticas y carente de transparencia, marca la tendencia creciente del separatismo en Cataluña. Un colectivo que se ha duplicado desde 2010 y al que las encuestas auguran un empate técnico con los no independentistas para las próximas elecciones del 21 de diciembre.

Lejos quedan los años de presidencia de Pujol, que se presentaba como el freno al independentismo a cambio de un modelo diferente, o del también presidente Pasqual Maragall cuando decía: “Quiero un Estatuto con alma de Constitución y cuerpo de reglamento, que los niños puedan cantar en la escuela”.
¿Qué ha sucedido para que España haya fracasado en sus relaciones con su región más rica? En primer lugar, los errores cometidos por los distintos Gobiernos del PP y del PSOE, que han conseguido apoyos de los partidos nacionalistas catalanes y vascos para sus Ejecutivos nacionales en minoría a cambio de dinero y transferencias (“apóyame en Madrid y haz lo que quieras en Barcelona”, era el mensaje). Esa política de paz por territorios se ha mostrado ineficaz en el largo plazo.

Reprogramación
Pero más grave todavía ha sido la total ignorancia de lo que estaba sucediendo en Cataluña: un movimiento silencioso de reprogramación nacionalista promocionado por la Generalitat y que afectaba al pensamiento, la enseñanza, la Universidad y la investigación, los medios de comunicación, las entidades culturales, el mundo empresarial, la proyección exterior, las infraestructuras y la Administración. Esos son los nueve apartados del documento que vio la luz en octubre de 1990 y que tenían un objetivo claro: construir a España como enemigo de Cataluña, para lograr el fin último de la independencia.

El escritor italiano Umberto Eco publicó en 2012 un ensayo titulado Construir al enemigo, en el que explicaba el valor de contar con adversarios en política. “Tener un enemigo es importante”, dice Eco, “no solo para definir nuestra identidad, sino también para procurarnos un obstáculo con respecto al cual medir nuestro sistema de valores y mostrar, al encararlo, nuestro valor. Por lo tanto, cuando el enemigo no existe, es preciso construirlo”.

Esta teoría explica la mayoría de los movimientos populistas que están creciendo en el mundo en este siglo. Desde el actual presidente de Estados Unidos, Donald Trump (que ha creado el enemigo del inmigrante, haciendo trampas sobre el terrorismo internacional), hasta los promotores del Brexit británico (también utilizan al inmigrante como enemigo, junto a la burocracia europea, para abandonar la Unión Europea), los movimientos ultraderechistas y xenófobos de distintos países de Europa y, por supuesto, los grupos de izquierda radical (entre los que se encuentran en España Podemos y la CUP), cuyo adversario es el sistema y lo que llaman el régimen del 78. También el yihadismo ha conseguido crecer al construir un enemigo global.

El ensayo de Umberto Eco añade: “Desde el principio se construyeron como enemigos no tanto a los que son diferentes y que nos amenazan directamente, sino a aquellos que alguien tiene interés en representar como amenazadores aunque no lo hagan directamente; de modo que lo que ponga de relieve su diversidad no sea su carácter de amenaza, sino que es su diversidad misma la que se convierta en señal de amenaza”.

El psiquiatra Enrice Baca va más allá al explicar que “la construcción del enemigo consiste en un proceso de despojamiento del otro-persona, potencial objetivo de la agresión, de toda característica humana. Eso supone la eliminación de cualquier rasgo personal que lo haga aparecer como otro-yo, que pueda despertar rasgos de piedad, solidaridad o identificación”. En otras palabras, el enemigo construido debe ser una cosa que hay que eliminar.

El helicóptero de Mas
Seguro que el 15 de junio de 2011, el entonces presidente de la Generalitat, Artur Mas, no afinó tanto como Eco o Baca en el plano teórico, pero sí emprendió la fase final de construcción del enemigo que llevaría a Cataluña y al resto de España a la mayor crisis institucional desde que se instaurara la democracia hace 40 años.

Ese día, Mas tuvo que acceder al Parlament de Cataluña en un helicóptero de los Mossos d’Esquadra, acompañado de la presidenta de la Cámara, Núria de Gispert, porque centenares de manifestantes rodeaban el edificio protestando por los recortes aprobados en los presupuestos autonómicos de ese año. Otros dos helicópteros transportaron a parte del Govern y varios microbuses a decenas de parlamentarios, a través del zoológico de Barcelona, para evitar a la multitud de indignados.

El sociólogo Joan Navarro, vicepresidente de Asuntos Públicos de la consultora Llorente y Cuenca, explica que en ese momento, “el catalanismo de CiU, que hasta entonces era garante de un modelo diferente, comprendió que todo había cambiado y tomó la decisión de emprender el camino hacia el independentismo, como fórmula de defensa frente a los efectos de la crisis económica y bajo la presión de ERC y la CUP”. Todo ello, sin olvidar la irrupción de los casos de corrupción en CiU.

Hasta entonces, la mayoría de los catalanes se conformaban con el victimismo histórico de que España no les entiende y que había que seguir luchando “por defender el hecho diferencial con la historia, la voluntad de ser nación y la lengua como hecho diferencial política de Cataluña”, añade Navarro, “pero ahí se pasó del ‘España no nos entiende’ al ‘España nos roba’, un escalón decisivo en la construcción del enemigo”.

El nacionalismo catalán llevaba 30 años defendiendo una posición diferencial y obteniendo buenos réditos en sus negociaciones con los Gobiernos en minoría del PSOE y del PP. Pero el segundo Ejecutivo de José María Aznar, en 2000, con mayoría absoluta en el Congreso, supuso un cambio de rumbo, con el bloqueo, no solo de las relaciones con la Generalitat, sino con el resto de los Gobiernos autónomos.

Ese movimiento recentralizador duró poco y la llegada de José Luis Rodríguez Zapatero al poder, en 2004, cambió el paso y abrió una nueva etapa de relaciones bilaterales entre Madrid y Barcelona y de elaboración de un nuevo Estatuto de Cataluña. Los debates, votaciones, correcciones, referéndum y, finalmente, el recurso y la sentencia del Tribunal Constitucional, en plena crisis económica en España, fue enfrentando cada vez más a los partidos catalanes con los nacionales y la llegada de Mariano Rajoy al Gobierno, en 2011, terminó de encender la mecha del conflicto. El proceso de señalamiento de España como enemigo de Cataluña iba creciendo a medida que ERC y la CUP iban ganando posiciones.

Tras las elecciones plebiscitarias de 2015 y las manifestaciones multitudinarias de La Diada durante varios años, los independentistas más radicales consiguen eliminar a Artur Mas y colocar a Carles Puigdemont al frente de un Govern que avanza hacia la consolidación de un enemigo (primero fue rival y luego adversario) al que combatir.

Se pasa entonces del “España nos roba” al “España nos oprime” y se moldea a ese enemigo de Madrid como alguien que no quiere negociar, ni siquiera dialogar, con Cataluña y que les obliga a reaccionar saltándose la legalidad. No deja de ser cierto que desde que el Constitucional echó abajo el Estatuto, en 2010, la actitud de los sucesivos Gobiernos de Rajoy fue muy poco receptiva, por decirlo de una manera fina, ante las peticiones catalanas.

“Con el paso del tiempo y a medida que avanzaba el procés, el secesionismo comprendió que no tenían ni el apoyo, ni siquiera el reconocimiento internacional, ni la fuerza suficiente para llevar a cabo la independencia”, explica Joan Navarro. “Y ya en última etapa pasaron a la guerra del espejo, que consiste en obligar al Gobierno de España a que se enfrente a su propios demonios y que se convirtiera en una fuerza de opresión, de ocupación”.

La última fase para redondear la figura del enemigo de Cataluña fue la organización del referéndum ilegal del 1 de octubre. Las fuerzas separatistas eran conscientes de que, pese a contar con mayoría de diputados en el Parlament, no tenían ni los apoyos, ni la legalidad, ni las estructuras para poner en marcha la república catalana; así que siguieron adelante con el objetivo de forzar la confrontación con el Estado (“España nos reprime”), mediante una vieja táctica política de situar al enemigo frente a la paradoja de los errores inevitables: cualquier decisión que tomes te perjudica. Y así fue.

Decidieron subvertir la legalidad para obligar al Estado a utilizar el principio de la fuerza, y lo consiguieron. Las imágenes de la Policía Nacional y la Guardia Civil golpeando a civiles que iban a votar dieron la vuelta al mundo, en beneficio de los independentistas y en contra de un Estado democrático al que habían convertido en un enemigo cruel y opresor y al que etiquetaban de franquista. Si a eso unimos la entrada en prisión de los miembros no fugados del Govern, acusados de tres delitos muy graves, el relato de “España nos reprime” quedaba redondo.

Con lo que no contaron los ideólogos separatistas fue con la decisión colegiada de Rajoy, Pedro Sánchez y Albert Rivera de complementar la aplicación del artículo 155 de la Constitución con la convocatoria de elecciones autonómicas en la primera fecha posible: el 21 de diciembre. Las supuestas represión, agresión, opresión u ocupación quedaban en entredicho cuando el Gobierno de España anunciaba las urnas para decidir el futuro de Cataluña.

Si a eso unimos la renuncia pública a la declaración unilateral de independencia de los líderes secesionistas e incluso la negación de los pasos dados en el Parlament, el resultado es algo confuso. “En estos momentos”, explica Joan Navarro, “hay dos millones de catalanes defraudados porque sus líderes no cumplieron la promesa de llevarles a la república catalana, y otros millones con miedo a la vuelta al procés. Lo que ha conseguido Rajoy es devolver el conflicto a Cataluña”.

Rival, adversario y, finalmente, enemigo
“No hay posibilidades de evolución, ni de rectificación, una vez que la construcción del enemigo se ha llevado a término. Solo queda la posibilidad, a veces, de abandonar el grupo propio y traspasar el valor perverso de la identidad (construida sobre la hipótesis de la destrucción del otro) a un nuevo plano de convivencia con el adversario. Es la única salida”. 
Esta reflexión de José Lázaro, profesor de Humanidades, en su ensayo La violencia de los fanáticos, puede abrir una muy ligera rendija de optimismo si los ideólogos independentistas reconocen el fracaso del procés y se plantean la reconstrucción de un catalanismo federal, capaz de convivir con un adversario (o mejor, un rival), en vez de seguir luchando contra un enemigo al que destruir.

Uno de los capítulos del libro de Lázaro incluye una conversación con el psiquiatra Enrique Baca sobre la construcción del enemigo. Allí explica la diferencia entre rival, adversario y enemigo. “Al rival se le puede respetar e incluso estimar. Al adversario también, aunque es más difícil estimarlo… Pero la verdadera construcción del enemigo solo se alcanza con la decisión de destruir, literalmente a los miembros del otro grupo”.

En la cuestión catalana, el principio político del diálogo discrepante fue sustituido hace años por el independentismo por un proceso de construcción del enemigo, que hace muy difícil recuperar la conversación. Sobre todo, porque el relato se ha basado en innumerables mentiras y falacias. Las enumeraban Xavier Vidal-Folch y Nacho Torreblanca el pasado septiembre en EL PAÍS: La secesión de 1714, una Constitución hostil a Cataluña, la autonomía ha fracasado, el Estado es autoritario, España nos roba, solos seremos más ricos, tenemos derecho a separarnos, no saldremos de la UE, el 1-O es legal y votar siempre es democrático. 10 falsedades que han funcionado muy bien en la construcción del enemigo español. Lázaro explica el proceso en su conversación con Baca: “La identificación como enemigo del oponente es el punto de partida; la difusión de esa identificación entre ‘los nuestros’ es el paso siguiente; la acumulación de valores negativos y su señalamiento como alguien indeseable y peligroso supone el comienzo de la última etapa. Aquí es donde la propia dinámica del mecanismo empieza a despojar al enemigo de su carácter de otro-yo. Los pasos que faltan (reducción a la maldad absoluta) se dan solos”.

FUENTE: EL PAÍS (Javier Ayuso) 2 DICIEMBRE 2017

UN TRANSEXUAL EN LA ESPAÑA DE FELIPE II




Eleno de Céspedes, representado por Ria Brodell en 2011.
"Céspedes - Elena y Eleno de. Natural de Álama, esclava y después libre, casó con un hombre y tuvo un hijo; después y muerto su marido se vistió de hombre y estuvo en la Guerra de los Moriscos de Granada, se examinó de cirujano y se casó con una muger (sic), fue presa en Ocaña y llevada a la Inquisición, donde se le acusa y condena por desprecio al Matrimonio y tener pacto con el Demonio". Así, con el nombre en letras grandes para mostrar la importancia del caso, resumía el tribunal del Santo Oficio el proceso de fe contra Eleno de Céspedes, una mujer que vivió públicamente como hombre en la España de Felipe II. Su caso, una rara avis en el siglo XVI, recuerda este lunes, Día Internacional de la Memoria Transexual, que la transexualidad existía mucho antes de ser definida como tal por la ciencia en el siglo XX.

"Lo que hace especial este caso respecto a los cientos de procesos contra homosexuales que hubo en esa época es que, sin duda alguna, fue una transexual que llevó hasta el extremo su deseo de ser hombre", explica Ignacio Ruiz, catedrático de Historia del Derecho y de las Instituciones en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid y coautor de Elena o Eleno de Céspedes, el último libro sobre el caso, publicado este año por la editorial Dykinson.

Casi todo lo que sabemos del personaje procede de las más de 300 páginas de su proceso inquisitorial. Nació en torno a 1545 en la localidad granadina de Alhama, fruto de una relación extramatrimonial de su padre con una esclava negra que servía en la casa. Se desconoce cuál era entonces su nombre o si tenía (algunos esclavos carecían de él), hasta que con ocho años fue liberada y aprendió su primer oficio, el de tejedora. En la adolescencia se casó con un albañil con el que "hizo vida maridable como tres meses" -según consta en el acta inquisitorial- hasta que, embarazada, abandonó la casa. Nunca más volvería a tener sexo con un hombre. Entregó a su hijo a unas personas que vivían en Sevilla e inició un periplo por numerosas ciudades de España. En Sanlúcar de Barrameda tuvo su primera amante y en Arcos de la Frontera empezó a vestir de hombre. Cambiaba cada poco su residencia en un siglo en el que el grueso de la población vivía y moría donde nació. "Se acostaba con bastantes mujeres y se iba: sabía que los vecinos estaban obligados a denunciarlo a la Inquisición", subraya Ruiz.


Proceso de fe de Elena de Céspedes.
Luego se alistó como soldado para acabar con la Rebelión de las Alpujarras, el levantamiento de los moriscos a causa de un edicto que prohibía su forma de vida. Se mudó a Madrid, recién nombrada capital, aprendió el oficio de cirujano (que ejerció en el hospital de la Corte y luego en El Escorial, donde la acusaron de intrusismo), se examinó y logró la licencia. "Es la primera cirujana en la historia de la medicina española, aunque obtuviera fraudulentamente el título" porque estaba entonces reservado a los hombres, apunta Emilio Maganto Pavón, exjefe de la sección de Urología en el Hospital Ramón y Cajal de Madrid y autor del libro El proceso inquisitorial contra Eleno de Céspedes, publicado en 2007 por Método Gráfico.

En Yepes se casó con una mujer, María del Caño, después de que un examen genital ordenado por el párroco ante la sospecha de que fuese "lampiño o capón" certificase erróneamente que podría engendrar hijos, fin último del matrimonio canónico. Convivió con su esposa poco más de un año, hasta que un antiguo compañero de armas (que había oído decir en las Alpujarras que era una mujer disfrazada de hombre) lo denunció. La pareja fue apresada y sometida en Ocaña a un juicio que fue seguido de otro inquisitorial en Toledo, solo contra Eleno, y que acabó con una condena de 200 azotes públicos y reclusión durante diez años en un hospital. Su caso había tenido tal resonancia que el director del centro tuvo que pedir que trasladasen al nuevo reo por "el grande estorbo y embarazo" que causaba su presencia, como indica en la carta que envió al Santo Oficio. "Estoy seguro de que, de manera callada y pausada, muchos homosexuales se acercaban a ver ese caso de valentía absoluta", opina Ruiz.

Quedan muchas dudas sobre los genitales de Eleno. Hasta el juicio logró que numerosas personas, entre ellas nada menos que Francisco Díaz, cirujano de Felipe II y autor del primer tratado de urología, le certificasen como varón, lo que le permitió casarse con una mujer. ¿Cómo? Ruiz cree que solo pudo lograrlo implantándose los genitales masculinos de un cadáver para superar las amonestaciones necesarias para contraer matrimonio. Maganto apunta a un "artificio" que resultó creíble para la época. "Se hizo una automutilación gracias a sus conocimientos de cirugía y a la ayuda de una curandera morisca: disimuló los pechos con vendajes compresivos y se obturó la vagina usando elementos cáusticos, hasta el punto de que nadie conseguía encontrarla", precisa. En el proceso de Ocaña se habla de que recurría con su mujer a un "instrumento tieso y liso" .

"Debía de ser un consolador llamado baldrés, hecho de madera forrado con cuero blando", señala Maganto. "El lesbianismo era entonces casi invisible y quedaba fuera del radar. Solo se consideraba sodomía si había un falo falso", explica por teléfono desde EE UU Israel Burshatin, doctor por la Universidad de Columbia experto en estudios de género que analizó el caso en el ensayo Queer Iberia.

¿Cómo se autodefiniría Elena/o de Céspedes si viviera hoy? "Era un varón atrapado en el cuerpo de una mujer. Tiene claros elementos de transexualidad", afirma Maganto. Ruiz también lo tiene claro: "se trata de un transexual", de "un personaje frontera, siempre al filo de la navaja". "Es posible que sea un individuo entre géneros. Ahora estamos en ese respecto más cerca del siglo XVI que del siglo XIX, en el que había una dualidad clara hombre-mujer", apunta Burshatin tras resaltar el contraste entre la "vida fronteriza" de un Eleno de piel oscura y la buscada homogeneidad del "cristiano viejo" en la España postReconquista, en la que el Concilio de Trento, concluido poco antes del juicio, había aumentado además la preocupación sobre el matrimonio.

La prueba más gráfica de esta ambigüedad era su propio nombre. Pasó de Elena a Eleno y en el Ejército se hacía llamar Céspedes, a secas. "Incluso en su firma, el propio rabito de la 'o' estaba hecho de forma que podía parecer una 'a", ejemplifica Ruiz.

La opción de que Eleno fuese hermafrodita, un concepto que ya existía, resulta poco creíble. Parece más bien una estrategia de defensa que improvisó tras dos años en prisión: argumentar que le había salido una especie de pene al dar a la luz, que "por entender que era hombre y no muger" (sic) se casó para "estar en serviçio de Dios" tras años de lecho en lecho y que el pene se le fue cayendo en la cárcel. No convenció al tribunal, que le halló culpable de "menosprecio del matrimonio" y "pacto con el demonio".

El caso fue tan conocido en la época que posiblemente inspirase a Miguel de Cervantes su personaje Cenotia, una suerte de maga nacida en Alhama de Granada y huida de la Inquisición que aparece en Los trabajos de Persiles y Sigismunda. Lo recuerda desde 2012 una placa en la localidad.

FUENTE: EL PAÍS (Antonio Pita) 19 NOVIEMBRE 2017

ESPAÑA NO ES LA NACIÓN MÁS ANTIGUA DE EUROPA


Medallón de los Reyes Católicos, en la fachada de la Universidad de Salamanca.

Mariano Rajoy insiste una y otra vez: “España es la nación más antigua de Europa”. Pero aunque lo repita mil veces, el presidente del Gobierno no puede cambiar la historia. La última vez que utilizó su frase fetiche fue el pasado lunes, después de que el exconsejero catalán Francesc Homs declarase en el Tribunal Supremo por su participación en la celebración del referéndum independentista en Cataluña, el 9 de noviembre de 2014. Si Homs resulta condenado será, según dijo el exconseller “el fin del Estado español”. Pero Rajoy no lo cree posible: “España goza de muy buena salud, es la nación más antigua de Europa”. El presidente se equivoca, al menos en su segunda afirmación. Francia o Inglaterra nacieron antes.

En primer lugar, “Rajoy confunde los conceptos de nación y Estado y proyecta sus propios deseos en el pasado”, asegura José Álvarez Junco, catedrático de Historia del Pensamiento de la Universidad Complutense. Según el historiador, lo que define a una nación es un elemento subjetivo, “grupos de individuos que creen compartir ciertos rasgos culturales y viven sobre un territorio al que consideran propio”, mientras que los Estados modernos son “estructuras político-administrativas que controlan un territorio y la población que lo habita”.

Teniendo en cuenta este elemento subjetivo, “si por nación entendemos un ente etéreo que se lleva en el alma, Rajoy puede decir lo que quiera, puede decir que la nación más antigua es la que él adora”, explica Álvarez Junco, autor de Mater dolorosa. La idea de España en el siglo XIX. “En cambio”, continúa, “si por nación entendemos un Estado-nación, con unas fronteras, que responden a un nombre y ese nombre es España, España no es la nación más antigua de Europa”.

El presidente del Gobierno sitúa el nacimiento del Estado español en la época de los Reyes Católicos, a finales del siglo XV y principios del XVI —“Este país es una gran nación con más de 500 años de historia”, ha dicho en varias ocasiones—. Pero el matrimonio de Isabel y Fernando, según coinciden los historiadores, no logró la unidad de España. “Los Reyes Católicos no fundan ninguna nación ni tan siquiera un Estado”, asegura el historiador y escritor de novela histórica José Luis Corral. “Cuando muere Isabel, el 26 de noviembre de 1504, Fernando deja de ser rey de Castilla, ya que solo fue rey de Castilla como consorte de Isabel”, apunta el autor de El vuelo del Águila. “La corona de Aragón, la de Castilla, la de Nápoles y Sicilia y el imperio alemán incorporado con la llegada de Carlos I siguen teniendo sus propias normas y derechos, su propia fiscalidad y su propia moneda”, continúa Corral. Y aún más, “hasta el siglo XIX las coronas de Aragón y Castilla tienen monedas diferentes”.

Tampoco Álvarez Junco cree que la España de los Reyes Católicos sea un Estado-nación: “Es una monarquía confederal, compleja, es un conjunto de señoríos”. Una prueba de ello es el “complejísimo escudo” que tenía. “Una nación se ve representada por un animal, dos colores, tres colores, en definitiva, un símbolo sencillo”. Pero el escudo de los Reyes Católicos es “un aglomerado de territorios y señoríos”.

Pero ni siquiera “estirando mucho el término del concepto moderno de nación” y aplicándolo a la unión dinástica nacida con el matrimonio de los Reyes Católicos, España es la nación más antigua de Europa, señala Ruiz-Domènec, catedrático de Historia Medieval de la Universidad Autónoma de Barcelona. “El concepto de nación, tal y como hoy en día se configura, se desarrolló en Francia a finales del siglo XII y principios del siglo XIII”, explica el experto en historia europea. Y lo mismo ocurre con Inglaterra: 
“Adquiere esta connotación nacional a principios del siglo XIII, cuando Eduardo I configura el Parlamento”.

Incluso “del reino de Francia, con capital en París, y del Reino de Inglaterra, con capital en Londres, se habla desde el año 1000”, apunta Álvarez Junco. Es el mismo año en el que, según José Luis Corral, nace Islandia: “Se constituye como una nación, con unos hombres libres en la asamblea de Althing”.

¿Y cuando surge España? “Rajoy no solo confunde los conceptos de Estado y nación sino los de territorio y nación, por eso, la historia de España podría incluso empezar con los romanos, dado que la llamaron Hispania, pero eso no significa que empiece la historia de la nación española”, explica José Enrique Ruiz-Domènec.

Para José Álvarez Junco, “si hablamos de nación moderna, de un conjunto humano compacto que se declara soberano sobre ese territorio habría que remontarse a las Cortes de Cádiz”, inauguradas en 1810. José Luis Corral cree, en cambio, que el “Estado español, tal y como hoy lo conocemos, nace en 1978. “En 1972, el Sáhara Occidental era tan español como la provincia de Albacete”.

En cualquier caso, la afirmación de Rajoy, de que “España es la nación más antigua de Europa” es falsa. Ni siquiera situando su nacimiento en la unión dinástica de los Reyes Católicos se alzaría con ese título: Francia e Inglaterra la superan en varios siglos.

FUENTE: EL PAÍS (Patricia R. Blanco) 5 MARZO 2017